Milicia de Santa María

JMJ Roma 2000


Año 2000, año Jubilar proclamado por el papa Juan Pablo II en el cual la Iglesia abría las puertas al tercer milenio. Ese mismo año, a mediados de agosto, se celebró la XV Jornada Mundial de la Juventud en Roma. Hace diez años, ni más ni menos, un grupo de uno cincuenta jóvenes de la Milicia de Santa María nos echamos la mochila a la espalda y partimos en un divertido viaje en autobús hacia la Ciudad Eterna en busca de Cristo. Yo contaba con 17 añitos recién cumplidos, todo un jovenzuelo, y salía con el macuto lleno de ilusión por ver al Papa, conocer Roma y vivir lo que tantas veces me habían contado: la JMJ, o como más tarde vería en Italia la GMG.

Aún me acuerdo que salimos muy temprano de Madrid y llegamos de noche a Gerona para pernoctar. Al día hasta Génova donde nos pegamos todos un baño estupendo en el mar Mediterráneo, eso sí lleno de chapapote, pero un baño realmente reconfortante después de una jornada sin parar de viajar. Y el día 15 de agosto llegamos por fin a Roma. Fuimos a “alojarnos” a un lugar llamado Commercity donde estaban prácticamente todos los jóvenes de las diócesis Españolas, un montón de jóvenes alegres con algo, o Alguien, en común. No instalamos y fuimos a coger un tren que nos llevaría hasta Roma y de allí hasta la Plaza de San Pedro donde acudimos a la acogida de los peregrinos. Éramos un montón de jóvenes procedentes de multitud de países; el obispo que dirigía la ceremonia iba enumerando cada una de las nacionalidades y me daba una alegría inmensa conocer de primera mano que tanta gente a mi alrededor creyese en Dios como yo mismo. Lo mejor estaba reservado para el final, sin que yo lo esperase, el primer gran regalo de estas jornadas, apareció por el lateral de la Plaza de San Pedro, donde estábamos los militantes, Juan Pablo II montado en el papa-móvil. Fue emocionante, todo el mundo coreándole y haciéndole fotos, no se me olvidará nunca ese momento, fue único en la vida; era la primera vez que veía a un Papa, que veía al vicario de Cristo en la Tierra. Desde la sede nos planteó que debíamos empezar este encuentro haciéndonos una pregunta: “¿Qué habéis venido a buscar? o mejor dicho, ¿A quién habéis venido a buscar?” y a continuación nos dijo “¡Habéis venido a buscar a Jesucristo!”. También nos hizo ver el verdadero Misterio de la Encarnación y lema central de la JMJ: “La palabra se hizo carne y habitó entre nosotros”. También nos instó a tomarnos la semana de la JMJ, que pasaríamos en Roma, como una semana de verdaderos Ejercicios Espirituales. El camino de vuelta esa misma noche hacia el Commercity fue curiosa. Llegamos tarde a la estación y perdimos el tren pero providencialmente pudimos “colarnos” en un tren que paró en la estación y que iba a Niza.

Los días siguientes hasta la vigilia con el Papa los dedicamos a participar en las catequesis de los obispos, hacer vida de familia, visitar Roma y el Vaticano, y beber agua con gas.  Me acuerdo con especial cariño la visita que hicimos al Gesú, iglesia madre de la Compañía de Jesús, tan cercana a nuestro carisma y donde se conserva la reliquia del brazo derecho de San Francisco Javier.

Y así, día tras día, preparándonos para el reencuentro con el Papa, llegó el día de la vigilia en la Universidad romana de Tor Vergata. Iniciamos peregrinación hacia el campus de Tor Vergata junto a una riada increíble de gente de los cinco continentes, dicen que estuvimos más de 2 millones de jóvenes. Al llegar allí buscamos el lugar que nos indicaba la acreditación y tomamos posesión de nuestro trozo de césped. Por fin llegó la hora de la vigilia con el Santo Padre, que entró caminando acompañado por jóvenes, uno de cada uno de los continentes. Empezó la vigilia más bonita que he vivido nunca. Nos habló de la fe, ese don que debíamos rogar a Dios para creer que Él nos ama a cada uno de nosotros porque somos únicos para Él, esa fe de Pedro en Cesarea de Filipo cuando les preguntó “y vosotros ¿quién decís que soy yo?”, o esa fe de Tomás cuando metió el dedo en la llaga del Señor “Señor mío y Dios mío”. Nos animó también a ir contracorriente del mundo que nos rodea, como en un nuevo martirio, para seguir al Cordero a donde quiera que vaya porque no tiene donde reposar la cabeza. Como regalo nos entregó el Evangelio y nos dijo “Vosotros sois los centinelas de la mañana en este amanecer del tercer milenio” y que si decíamos un “sí” a Cristo decíamos un “sí” a nuestros ideales más nobles, animándonos así a cambiar nuestras realidades temporales. Finalmente nos encomendamos a nuestra Madre, la Virgen María, la Reina de los Jóvenes. Esa noche nos llevamos esa esperanza que nos dio el Juan Pablo II en nuestros corazones y ver como un anciano de 80 años bailaba y se movía como un joven más al son del Emmanuel.

Pasamos una noche la mar de animada, con nuestros vecinos los chilenos, que alguno se acordará, con su “Chichichi lelele, viva Chile…shiss…que no, que no se dice olé!”. A la mañana siguiente nos levantamos con los primero rayos de sol y después de desayunar algo y ofrecer el día empezó la Eucaristía. Nunca había visto una Misa con tantos curas y obispos, fue impactante. El la homilía el Papa nos dijo que fuéramos jóvenes con un corazón indiviso para amar a Dios, que nos ama incluso cuando le decepcionamos, y servir con total desprendimiento los hermanos desde la lógica de la cruz y del servicio. En mi interior se quedó grabada la siguiente frase que nos dijo, parafraseando a Santa Catalina de Siena y que para mí es la que marcó el encuentro: “Si sois lo que tenéis que ser, ¡prenderéis fuego al mundo entero!”. Esta frase viene muchas veces a mi mente cuando se me presenta a ocasión para dar testimonio. Además de esta máxima salieron iniciativas como la que más tarde se iniciaría desde la Milicia de Santa María con los encuentros de “Jóvenes por el Nuevo Milenio”. Después de recibir al Señor en la comunión y de la bendición del Papa al final de la Misa; y después del clásico intercambio de camisetas con los jóvenes de otros países y de la ducha que nos dieron los bomberos con las mangueras; partimos hacia nuestros hogares con el corazón inflamado por Dios para dar testimonio en nuestros ambientes.

El viaje de vuelta a nuestra Patria también fue un regalo increíble de la Virgen. La primera parada fue en Asís, cuna de Santa Clara y San Francisco, donde nos dimos cuenta de la importancia de hacerse pequeño para poder ser grande y ganar el Reino. Y finalmente Lourdes y la visita a la gruta donde la Virgen se apareció a Santa Bernadette. Fue un lugar esplendido para agradecer a Dios y poner a los pies de la Virgen todo lo vivido en la JMJ, además en este lugar Dios me concedió la gracia de un rato de oración, en una capilla que la Virgen me reservó, sólo para mí y Ella, entre la multitud de gente que visita diariamente este santuario.

De vuelta en Madrid y diez años después os puedo decir que no dejes de preparar con ánimo y fuerza esta Jornada Mundial de la Juventud, y además en Madrid en Agosto de 2011. Si no lo haces así te quedará el mal sabor de boca de no haber dado todo lo que estaba de tu parte, como decía Juan Pablo II, en servicio a los demás. Si no asistes te perderás la experiencia más bonita e impactante que jamás hayas vivido. Disfrutarás de un encuentro personal con Dios y de la experiencia de conocer jóvenes de todo el mundo con un Ideal en común a ti, ¿y cuál es ese Ideal? ¡¡Ven y Verás!! No quedarás defraudado.

Borja H. (Madrid) (Tomado de la revista ESTAR, febrero de 2011)

Esta entrada fue escrita por MiliciaStaMaria y publicada el 22/02/2011 a las 18:21. Se guardó como Rumbo a la JMJ, Testimonio. Añadir a marcadores el enlace permanente. Sigue todos los comentarios aquí gracias a la fuente RSS para esta entrada.

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