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  • Ejercicios Espirituales con la Milicia de Santa María.

    Toda Tanda de Ejercicios Espirituales comienza con una propuesta desinteresada que el Señor nos hace a cada uno de manera directa o indirecta a través de alguien cercano. Todo aquello que es de provecho para el alma, siempre tiene sus pequeñas trabajas que intentarán apartarnos de aquello que Dios nos tiene preparado: Planes mejores, estudios, vacaciones con familia y amigos, días de relax y descanso en casa. Serán algunas de las trabas que “El mundo” intentará ponernos en nuestro camino.

    Cada Tanda de Ejercicios nos ofrece muchísimo por muy poco. Ratos de meditación, modelos de vida para alcanzar la santificación, vivencias personales en la vida cotidiana, celebración diaria de la Santa Misa, exposición del Santísimo, sacramento de la Confesión… Todo esto a cambio de ocho días en silencio, pieza clave de los Ejercicios Ignacianos, permitiendo al ejercitante escuchar a través del alma todo aquello que El Señor lleva queriendo decirnos tanto tiempo.

    Una Tanda de Ejercicios Espirituales se compone de ocho días. En cada uno de los cuales se exponen los Puntos del día que nos servirán como base y principio en la oración, acompañados de lecturas formativas (La pureza en el Ser Humano) durante el desayuno, la vida de un santo (San Francisco de Sales) durante la comida y la cena, además de una plática diaria sobre un tema específico.

    En un primer momento, personalmente concebía los Ejercicios Espirituales, como el momento y situación idóneos para reflexionar sobre la situación y problemas personales. Poco después, en los puntos del día, se explicó que los Ejercicios Espirituales no eran precisamente para reflexionar sobre problemas y situaciones tanto pasadas como futuras, sino que su principal finalidad es permitir un encuentro más cercano y profundo con el Señor. “Ocúpate de mis cosas y Yo me ocupare de las tuyas”.

    Al comienzo de los ocho días, el silencio quizás fue la parte que más me costó asumir, sobre todo durante las comidas o cuando te encuentras con alguien por los pasillos. Pero a medida que pasan los días es algo a lo que te vas acostumbrando y finalmente acabas considerándolo normal e implícitamente necesario para estar sumergido en el oración y en el encuentro con el Señor. El tiempo durante los días de Ejercicios  transcurre asombrosamente rápido, pero si vuelves la mirada hacia horas antes, las horas parecen días.

    El arduo calor de la capilla y el suave frescor de las habitaciones fueron decisivos a la hora de decidir el lugar escogido para nuestra oración personal. Haciendo de esto, en numerosas ocasiones, motivo de penitencia y consolación del espíritu por estar un poquito más cerca de Aquél que tanto nos ama y espera pacientemente nuestra presencia junto a Él.

    Los días pasan y la monotonía comenzó a ser un enemigo presente en los Ejercicios. La lectura de las Sagradas Escrituras, la meditación sobre los puntos del día, y una oración humilde y profunda, fueron las perfectas armas contra la lucha de una monotonía desenvuelta entre las mismas paredes, escaleras y habitaciones.

    Quizás como la mayoría de la gente que realiza ocho días de Ejercicios Espirituales la primera impresión que tiene de sí mismo es la de: “Me voy a comer el mundo”. A la salida de Ejercicios me encontré en una sensación de plena felicidad y tranquilidad en el alma, una sensación que con el paso de los días vuelve a su estado normal. Esto es algo que quizás haya que combatir ya que los verdaderos Ejercicios no deben acabar a los ocho días, sino que deben empezar cuando uno sale del lugar donde los recibió. Es decir, mantener la oración con el Señor, seguir ofreciéndose y sacrificarse por amor a Dios, etc. Probablemente esto fue uno de los propósitos en el que antes encontré dificultades en continuar realizando. Difícil, pero no imposible.

    Tras estos ocho días me di cuenta de muchas cosas en mi vida que debían cambiar y ser corregidas por amor a Dios y a los demás. Y no solo quedarme yo mismo con el mensaje aprendido, si no llevárselo a todos aquellos con los que diariamente convivo y me relaciono, perdiendo el miedo al qué dirán o qué pensarán. Doy gracias a Dios por haberme concedido esta providencial oportunidad de acercarme un poco más a Él, a través de esos maravillosos ocho días que marcaron mi vida hacia el camino a la santidad.

     Pablo C., (Palencia)

  • Confianza en la Providencia.

    Del 7 al 15 de agosto ocho militantes tuvimos la oportunidad de hacer una tanda de Ejercicios Espirituales con la Milicia de Santa María. Días deliciosos, de paz y calma, fueron dirigidos por el p. Santiago M. y Jaime M.

    Quince días después, echo la vista atrás y no puedo sino sentirme agradecido a Dios por todo lo que recibí en esos magníficos días.

    Siempre cuesta entrar en el clima adecuado para ellos, y la verdad es que los primeros días anduve en medio de mucha lucha por calmarme, para lo cual ayudaba mucho el silencio de mis compañeros. Había sido un año duro, y necesitaba reflexionar sobre cómo estaba y, sobre todo, hacia dónde quería ir.

    Naturalmente, los días no fueron del todo tranquilos, siempre anda por ahí la distracción y las tentaciones para sacarte de Ejercicios, pero al final triunfó el Señor, que se derramó con abundantes gracias. Sentir la presencia del Señor, la naturalidad del trato en la oración, el saber que no tenía ninguna prisa por nada, crearon el clima ideal para que Dios empezara a hablar y me demostrara una vez más cuánto nos ama, y que quiere lo mejor para nosotros.

    En mi caso, se reforzó la fe y la confianza en el Señor, que es la piedra angular de toda vida cristiana, y me recordó que, en el fondo, Dios nos pide una cosa: “ocúpate de las cosas del Señor, que el Señor se ocupará de las tuyas”. Algo que personalmente yo interpreto como un salir de mí mismo para dar a los demás, no ser egoísta ni egocéntrico, y dejar que sea la Providencia quien actúe en mi vida, transformándola hasta en lo más pequeño. Si hasta los cabellos tenemos contados, ¿a qué viene tanto sufrimiento por el futuro? Bien nos recuerda el padre Morales que para cumplir bien con la Providencia, en tiempo de desolación no hay que hacer nunca mudanza. Ignacio tenía razón…

    Esa es la más grande convicción y deseo que me llevo de Ejercicios. Ahora viene la parte más larga y difícil: ponerla en práctica. Pero, como dice el salmo, “el Señor es mi luz y mi salvación, ¿a quién temeré?”

    Dios siempre estará ahí, tanto si subimos hasta la cima como si descendemos hasta el abismo.

    Bernardo C., (Madrid)